GENTE DE MI TIERRA
Con el rápido incremento del turismo en la zona, es posible que cada vez más pastores puedan seguir su ejemplo. Dos agencias de viajes de capital extranjero se han establecido en Darhad, y otras tres operan en el cercano lago Hovsgol, declarado parque nacional en 1992. Durante un solo mes de otoño en Darhad, he encontrado viajeros de Suiza, Israel, Dinamarca, Italia, Sudáfrica, Francia y Estados Unidos. Hace cinco arios, este valle estaba prácticamente por descubrir.
Sin ganado que pastorear, hacemos el camino de vuelta a Renchinlhumbe en una rápida cabalgata de dos días. Después, cenamos en el ger de Nyamhuu, que sin duda es el más bonito que he visto, con muebles nuevos y tapices de colores. En la ciudad hay un generador diésel que funciona las noches de invierno. Cuando a las 19.30 viene la electricidad, encendemos el televisor nuevo. Después de pasar muchas noches juntos, jugando a las cartas y riéndonos mutuamente las bromas, nuestras dos últimas horas transcurren silenciosas: la televisión tiene la palabra. Cuando me marcho, no puedo evitar preguntarme si la hija de un ario de Nyamhuu crecerá cantando las canciones mongolas que impregnaron de vida los paisajes que acabamos de recorrer, o si se hará mayor imitando a quienquiera que sea la más reciente encarnación de Britney Spears.
GENTE DE MI TIERRA, ¿veis las nubes en el cielo? Hacia allí va mi pueblo en su trashumancia. Marcha a través de las nubes hacia la felicidad.
Son palabras del poeta mongol Myagmarjav, y para cuando me dispongo a abandonar Darhad, he reconocido esa felicidad en muchos rostros. Pero también he visto penurias en la ruta de la trashumancia. He visto a una anciana que avanzaba centímetro a centímetro un día de helada, con las botas que casi habían perdido las suelas, gimiendo mientras seguía a su nieta de 11 años, la cual no podía ir a la escuela porque su familia la necesitaba para pastorear el ganado. He visto a un hombre de 78 años preocupado porque si moría durante el viaje no estaba seguro de que su hija y sus dos nietos pudieran seguir adelante. He oído el rumor de que dos bebés murieron congelados, y he visto a una abuela de 72 años con cardenales en la cara, después de que su caballo la tirara al suelo. Por eso entiendo que Batnasan quiera hacer el viaje en camión, y me alegro cuando finalmente me entero de que ella y su familia han llegado sanos y salvos al campamento de invierno.
En mi última noche en Darhad voy a la casa de nuestro guía local, Mishig, con un regalo: el cuchillo que ha sido mi compañero fiel en este mundo de carne, hueso y cuero, y con una pregunta que me ha rondado todo el tiempo. Mishig, que hasta hace pocos años fue gobernador de esta parte del valle, fue quien le dijo a Cliff hace dos veranos que debería venir alguien a documentar la trashumancia antes de que desapareciera. Durante las semanas previas a nuestros desplazamientos, nos enseñó la cultura del valle y nos presentó a los pastores que fabrican bolsos de cuero, sogas de crin de caballo y fieltro de lana. En el camino nos demostró sobradamente que tiene una profunda conexión con este lugar y que un mutuo afecto y respeto lo unen a sus habitantes. Así pues, cuando le pregunto qué piensa del fin más o menos inminente de la trashumancia tal como la conocemos, la mía no es una pregunta trivial. Probablemente, pocas personas habrán reflexionado tanto como él al respecto.
Mientras hablamos en su casa de dos habitaciones en Renchinlhumbe, ante un guiso de cordero y cerveza coreana, Harrison Ford aparece en la televisión. «En la ciudad tienes una casa caldeada, electricidad, televisión —explica—. Cuando la gente viene a la ciudad, ven que esta vida es más fácil. No son tontos. ¿Sabe lo que siempre oigo a los jóvenes?: “Me estoy convirtiendo en un esclavo de los animales. No tengo más que una vida y la estoy desperdiciando yendo detrás del ganado”.
»Algunos, como usted, vienen a Mongolia, ven cómo vivimos, piensan que es romántico y quieren preservarlo. Pero los que lo están viviendo no creen que sea romántico: es una vida dificil. Si pueden comprar un camión para que haga el trabajo de diez bueyes, ¿por qué no van a hacerlo?
La ayuda extranjera representa un tercio de los ingresos de Mongolia. ¿Hemos de decirle al Banco Mundial que queremos que nuestro pueblo siga desplazándose a lomos de buey?»
No es lo que esperaba que dijera. En infinidad de ocasiones le había oído hablar con orgullo de la cultura de Darhad y lamentar la erosión de las tradiciones. Cuando dijo que dentro de 20 años la gente hará la trashumancia en camiónes y habrá carreteras en las montañas y puentes sobre los ríos, pensé que lo decía como algo negativo. Pero me equivocaba. Adora Darhad tal como es, pero lo quiere mucho más aún por lo que puede llegar a ser. Y nos ha pedido que tomemos una instantánea del momento, como habría hecho un padre que desea recordar a su hijo a cierta edad, pero sin querer que deje de crecer.
Sin embargo, cuando recuerdo la noche en que Lhagwaanaa cantó para mí en el ger de Batnasan, me alegro de que ella aún no haya dejado atrás su espíritu nómada. Aquella noche, antes de irme a dormir, saqué una chocolatina rusa de la marca Titanic que había comprado en una tienda mongola.
Lhagwaanaa miró el envoltorio, con la fotografía de dos famosos enamorados de película, y me pidió que se lo regalara. Lo quería para recortar figuritas de cabras y ovejas.
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